Del Rosellón de 1939 a la Ceuta de hoy

Las imágenes de Ceuta recuerdan a las que dejaron los campos del Rosellón en 1939: propaganda oficial que promete control, oposición que denuncia caos sin aportar soluciones y miles de personas atrapadas.

40 HOMBRES - 8 CABALLOSACTUALIDAD

8/24/202615 min read

Las crisis migratorias revelan siempre la verdadera naturaleza de un país. En 1939, Francia afrontó la llegada masiva de refugiados españoles con una mezcla de propaganda, improvisación y tensiones políticas que hoy resuenan, de manera inquietante, en la gestión de la emergencia en Ceuta. No se trata de equiparar contextos distintos, sino de observar cómo ciertos mecanismos —discursos, silencios, estrategias— parecen repetirse cuando miles de personas vulnerables cruzan una frontera buscando refugio.

En aquel invierno de 1939, buena parte de la prensa conservadora francesa —Le Figaro, Le Journal, Le Petit Parisien y el diario monárquico L’Action Française, dirigido intelectualmente por Charles Maurras, ideólogo nacionalista y figura central de la extrema derecha francesa— insistía en que los campos del Rosellón estaban “perfectamente organizados” y que los refugiados “no carecían de nada”. El Gobierno de Édouard Daladier y su ministro del Interior, Albert Sarraut, repetían que la situación estaba bajo control. Mientras tanto, los periódicos progresistas como Ce Soir, Le Populaire o Regards mostraban otra realidad: hambre, agua contaminada, violencia cotidiana, muertes evitables y una burocracia que bloqueaba la ayuda humanitaria. El célebre reportaje de Ce Soir, “24 heures dans un camp”, desmontó la versión oficial con una precisión que aún hoy estremece.

En España, la gestión de la crisis en Ceuta ha generado un paisaje discursivo similar. El Gobierno (PSOE y Sumar) ha asegurado en varias ocasiones que los centros de acogida están “bien equipados” y que la situación está “controlada”, mientras la oposición (PP y VOX) denuncia “inacción”, “caos” y “abandono”, a menudo amplificando rumores o informaciones no contrastadas. Entre ambos relatos, las ONG —CEAR, Cruz Roja, Médicos del Mundo, Save the Children— describen una realidad más compleja: recursos insuficientes, menores durmiendo en instalaciones improvisadas, tensión institucional y una gestión que avanza, pero que no logra resolver un problema estructural.

Igual que en 1939, ni la propaganda oficial ni la crítica partidista reflejan con honestidad lo que ocurre sobre el terreno.

También en 1939, sectores de la derecha francesa acusaron a las organizaciones humanitarias de exagerar las condiciones de los campos, de caer en “victimismo” y de utilizar la ayuda con fines políticos. Sin embargo, fueron precisamente esas organizaciones —la Oficina de Secours aux Enfants, la Croix Rouge française, los comités locales y las redes de voluntarias— quienes sostuvieron la atención sanitaria, el registro de menores y la asistencia básica que el Estado no podía cubrir. Hoy, en España, voces de la derecha política (PP y VOX) han cuestionado el papel de las ONG en Ceuta, acusándolas de “alarmismo”, de “generar problemas” o de “interferir en la labor del Estado”. Frente a ello, las organizaciones humanitarias atienden a menores, gestionan emergencias y cubren carencias que la administración, pese a sus esfuerzos, no logra resolver por completo.

La oposición conservadora francesa de 1939 denunció la “inacción” del Gobierno Daladier, mientras bloqueaba medidas de gestión realista y contribuía a la difusión de rumores sobre los refugiados, amplificados por la prensa afín. La tensión entre propaganda, miedo y cálculo político dificultó cualquier respuesta eficaz. Hoy, en España, la oposición (PP y VOX) ha denunciado “caos”, “improvisación” y “abandono” en Ceuta, pero al mismo tiempo ha cuestionado o frenado propuestas de reforma y ha amplificado informaciones no contrastadas que incrementan la polarización social. Igual que en 1939, el ruido político y la circulación de bulos complican la labor de quienes trabajan sobre el terreno y distorsionan la percepción pública de la crisis.

Para mostrarlo con más nitidez recupero aquí un capítulo de 40 hombres – 8 caballos, con la intención de iluminar el presente desde la memoria.

En “De París al Rosellón”, Lucienne llega a los campos franceses y descubre un mundo sostenido por voluntarias exhaustas, madres desesperadas, niños solos, funcionarios que improvisan normas y autoridades que aseguran que “todo está resuelto” cuando no lo está. La violencia silenciosa, la burocracia que asfixia, la propaganda que maquilla, la solidaridad que resiste: todo ello forma parte de un paisaje que, con otros nombres y otras circunstancias, vuelve a aparecer cuando una frontera se convierte en un lugar de espera, miedo y supervivencia.

Capítulo 22
De París al Rosellón
Marzo de 1939

Lucienne viajaba camino del Rosellón junto a Gilbert, un experimentado conductor de ambulancia y enfermero que había trabajado para la Oficina de Ayuda a la Infancia durante la guerra de España. Sentada en el asiento del copiloto, disfrutaba del traqueteo suave de la vieja ambulancia sobre aquella carretera gris que se perdía en el horizonte como la promesa de una nueva aventura.

Gilbert sería su instructor durante la primera semana de reencuentro con el Rosellón y su nueva realidad antes de que ella misma pudiera conducir su ambulancia y realizar los servicios en solitario.

—Al principio de la guerra —contaba Gilbert con la mirada fija en el asfalto mientras sus manos firmes sujetaban el volante— las oficinas estaban en Madrid, luego las trasladamos a Valencia y finalmente a Barcelona. Yo entré en Francia hace justo un mes, durante la Retirada. Entonces me ofrecieron continuar haciendo el mismo trabajo, pero, en vez de asediado por las bombas, asediado por la burocracia.

Los dos rieron ante la ocurrencia.

—Aquí no nos ametrallan ni nos bombardean, pero nos hunden bajo pilas de documentos imposibles. A veces tengo la impresión de que es más dañina la burocracia y la mala fe que las bombas de ese maldito Franco.

Lucienne escuchaba sorprendida, pero ya le preguntaría después; ahora tenía asuntos más importantes.

—¿Cómo viviste la guerra? —le corroía la curiosidad.

—Horror, hambre, miseria y dolor. Eso es la guerra. Gente sufriendo y muriendo por todas partes, niños llorando, madres desesperadas, ancianos que no quieren seguir viviendo. Yo no entendía nada, me sentía impotente.

—Entonces, ahora el trabajo será mucho más satisfactorio…

Gilbert se encogió de hombros, resignado.

—Hay días en los que todo va bien y sacas del desastre a niños con sus madres e incluso sus abuelas… Esos días son fantásticos. Vuelves a casa lleno de entusiasmo. —Hizo una pausa para dar tiempo a Lucienne a comprender—. Otras veces te encuentras con algún gilipollas que se empeña en hacer la vida imposible a los demás porque a él le da la gana; que a ver a dónde van estos infelices, qué necesidad hay de que nuestro país malgaste recursos en ellos, mejor atender primero a los franceses y, después, con lo que sobre… ¡Imbéciles! Entonces empieza el baile: que si falta un documento que el día anterior no hacía falta, que la acreditación está a punto de caducar… Pero, ¡oiga!, ¡que no ha caducado aún! —Gilbert hacía aspavientos con la mano que no sujetaba el volante—. Una pandilla de inútiles, infelices que quieren amargar la vida de los demás.

—¿Qué hay que hacer esos días?

—¿Esos días? —resopló—. Armarse de paciencia y pelear a muerte; pero siempre guardando las formas, porque ellos son unos maleducados, pero están deseando que tú les respondas un poco airado para quitarte la acreditación y echarte del campo. Con esos toca tranquilizarse y esperar a que al día siguiente los hayan cambiado de puesto. Si no es así, toca volver a empezar de cero al día siguiente, con paciencia renovada, para insistir. Tendrás que quedarte a dormir en una habitación alquilada en Argelès o durmiendo en la ambulancia esperando a que escampe.

—¿De verdad se arreglan las cosas esperando?

—A veces sí, a veces no. Cuando no se arreglan es porque están esperando un incentivo: un billete convenientemente deslizado en un sobre resuelve muchos problemas. Porque son patriotas que dicen adorar nuestra bandera, pero lo que más les gusta es el papel moneda.

—¡Eso habría que denunciarlo! —protestó Lucienne enérgica.

—No sirve para nada. Sería tu palabra contra la suya en un proceso de jurisdicción militar. Quizás te retirarían la acreditación, te prohibirían entrar a los campos por denuncia falsa…, hasta podrían revocar el permiso a toda la organización. No hay más remedio que agachar la cabeza y esperar.

—¿Tendré yo que sobornarles?

—¡No! De momento tú no estás autorizada a eso: tendrás que esperarme a mí o a algún otro compañero con más experiencia. Si tienes problemas, llama a la oficina y ellos te dirán qué debes hacer. A veces hay que tomar medidas más drásticas.

Gilbert paró en un bar de carretera para descansar un momento. El lugar olía a café fuerte, a tabaco rancio y a neumáticos quemados, una mezcla de olores que, sorprendentemente, entusiasmaron a Lucienne.

—Necesito un café y creo que tú también.

—¿Cuáles son esas medidas más drásticas? —A Lucienne la devoraba una mezcla de curiosidad y emoción.

—No puedo contarte mucho, por ahora. Son situaciones extremas en las que se recurre a otras personas que nos ayudan con nuestro trabajo. Lo irás sabiendo.

Gilbert pagó la cuenta. Cuando subieron de nuevo a la ambulancia, Lucienne observó los detalles del salpicadero, los pedales gastados, la tapicería ajada. En una semana todo aquello sería suyo.

—Mañana conducirás tú. El jefe me ha pedido que te haga un examen de conducir.

Lo anotaba todo en un cuaderno: los nombres de los campos, los contactos, la dirección de la habitación en Argelès… Eran como coordenadas de una misión en un mapa, lugares marcados a fuego donde la ayuda siempre sería bienvenida y sabrían apreciar el corazón valiente de una heroína como ella.

—¿A qué te dedicas mientras esperas en el pueblo? —Lucienne pensaba en cafés, librerías o cines para matar el tiempo.

—Cuando todo sale mal, llegas a casa agotado y sientes tal frustración que no tienes ganas de nada. Entonces, todos tus planes se caen a pedazos, las ilusiones también. Puedes echarte un novio local… para que te consuele un poco.

Lucienne golpeó a Gilbert con el cuaderno. Se le escapó una sonrisa, apenas un rictus, y él supo que le había hecho gracia la ocurrencia.

—¡Eso no está entre mis planes! —protestó con un brillo divertido en los ojos.

—Puedes matar el tiempo ayudando en otras organizaciones que trabajan en la zona. Esta tarde te llevaré a conocer algunas. Por ejemplo, acabamos de poner en marcha una maternidad y aún andan muy escasas de personal. Seguro que les encantará saber que nuestro nuevo chófer es una mujer.

Lucienne quedó sobrecogida cuando levantó la cabeza de su cuaderno y se encontró cara a cara con el campo de concentración de Argelès, un inmenso recinto de arena cercado por alambradas de espino que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Guardias africanos, montados a caballo y con la bayoneta calada, patrullaban sin descanso. Las grandes ametralladoras instaladas sobre camiones apuntaban hacia los refugiados, una masa humana amorfa y sin fin.

—¡Bienvenida al campo de concentración de Argelès-sur-Mer! —Gilbert recurrió al sarcasmo para sacar a Lucienne del natural aturdimiento que la visión provocaba a cualquier persona con un mínimo de sensibilidad—. ¡El lugar donde tienen de todo y no les falta de nada! ¡El paraíso junto al mar! —parafraseaba titulares de la prensa más reaccionaria.

—¡No me lo puedo creer! —Lucienne, con la voz quebrada, señaló hacia las ametralladoras—. ¿De verdad es necesario?

Gilbert se encogió de hombros mientras miraba a un lado y a otro.

—Desde aquí fuera puedes interpretar lo que te vas a encontrar ahí dentro, cómo está el ambiente en el campo y en las oficinas. Fíjate en los guardias, cuántos hay y cómo se sitúan, si se les ve tensos o relajados; la colocación y el número de ametralladoras también es variable; puedes comprobar si los jinetes se mueven deprisa o si pasean, si hay visitas esperando en la rotonda sin permiso para entrar, si hay coches oficiales en el exterior. Es como una partitura, con notas concordantes y discordantes que cambian cada día. Con el tiempo aprenderás a leerla.

—¿Y hoy? ¿Qué vamos a encontrar hoy? —Lucienne estaba ansiosa por aprender.

—Mira aquel guardia —señaló a una de las ametralladoras—, ha abandonado su puesto para fumarse un cigarro: eso es bueno. —Señaló más al fondo—. Los jinetes van en parejas y charlando —y en la rotonda—, apenas hay gente esperando para entrar… ¡Hoy parece ser un buen día!

Mostraron los permisos y accedieron a la oficina para preguntar por Rosa, la enfermera que Gilbert quería presentar a Lucienne. La anunciaron por los altavoces y unos quince minutos después apareció.

—Aquí tienes a la mejor enfermera del campo… qué digo del campo, del Rosellón. —Gilbert hizo las presentaciones—. Y ella es nuestra nueva conductora, una autoridad al volante, puro nervio y resolución…

Los tres rieron con ganas.

—¡Una mujer! ¡Cómo me alegro! —Se iluminó la cara de Rosa.

—Rosa es catalana, así que te entenderás con ella a la perfección. Voy a arreglar papeles. ¿Puedes enseñar a Lucienne los progresos? —Gilbert se escabulló hacia la entrada de las oficinas para dejar a las mujeres hablar con tranquilidad.

Un camión repleto de guardias se internó a toda velocidad en el campo levantando una nube de polvo y arena.

—Si el dinero que gastan en reprimirnos lo destinaran a salubridad e higiene, a alimentación y vestuario, si la gente no estuviera desesperada, no haría falta tanta seguridad.

—Es terrible. —Lucienne estaba asustada, y su voz la delataba.

Los guardias senegaleses gritaban de un extremo a otro dando consignas; hombres armados rodeaban a un grupo de refugiados que eran conducidos con violencia… Era la dinámica habitual de un día sin grandes complicaciones.

—¡Vámonos de aquí! —Rosa tiró de Lucienne.

—Dice Gilbert que eres voluntaria. ¿No tienen dinero para pagar enfermeras… ni siquiera para eso?

—¿No ves que se lo gastan en seguridad? A los guardias les han montado un gran campamento con todo lo necesario, con enfermería y dispensario. Pero para nosotros no queda dinero. Bueno, ahora sí han encontrado dinero, para construirnos un cementerio junto al campo, porque nos morimos demasiado deprisa, porque no quieren enterrarnos junto a los suyos en el cementerio del pueblo… Es la primera vez que nos toman en serio.

Lucienne asintió conmocionada.

—Supongo que las cosas mejorarán poco a poco. —Rosa sacó su optimismo patológico, lo único que le permitía seguir adelante a pesar de los reveses—. Al menos, ¡ya tenemos una mujer conductora!

Lucienne caminaba tensa; sus piernas avanzaban por inercia, pero el resto de su cuerpo parecía estar paralizado.

Rosa se detuvo e hizo detenerse a Lucienne. Se quedó mirándola y reconoció en su mirada esa conmoción que tantas veces había visto a través de unos ojos vidriosos que se asomaban por primera vez al infierno de arena.

La abrazó con fuerza, como quien sostiene a alguien que está a punto de derrumbarse.

—¡Voy a presentarte a algunas mujeres extraordinarias! —Tiró suavemente de la mano de Lucienne—. ¡Entre todas vamos a formar un equipo estupendo!

Avanzaron campo a través, dejando a un lado y a otro cientos de chabolos rudimentarios, construidos con planchas metálicas, neumáticos y lonas. Algunos eran pequeños agujeros en la arena, cubiertos con cualquier trapo, una defensa precaria contra el viento y la humedad. Solo unas pocas cabañas de madera se levantaban con cierta robustez sobre la arena, como testigos mudos de la miseria general.

—Acabamos de abrir una nueva enfermería, más grande que la que teníamos. —Se explicó mejor—: En realidad, al principio solo teníamos un dispensario sin medicamentos, pero con mucha arena. —Mostró una sonrisa triste—. Las mujeres daban a luz allí mismo, tapadas con mantas; los bebés nacían sobre la playa, como una premonición de la vida corta y desgraciada a la que estaban abocados. Los ancianos tampoco tenían dónde morir con dignidad. Aquellos días casi me vuelvo loca.

Las dos mujeres se pararon frente a una madre que lavaba concienzudamente a sus pequeños en el mar.

—Pobrecitos —dijo al fin Lucienne—. Deben de estar congelados.

—Y sucios. Porque lo mismo se usa el mar para lavarse que para hacer las necesidades. Esto es una pocilga.

—¿No hay duchas ni retretes?

—Como si no los hubiera. Han instalado cincuenta duchas y lo han anunciado a bombo y platillo en la prensa como si se tratara de una gran solución. Cincuenta duchas para cien mil refugiados, que funcionan con agua de un pozo de este subsuelo, contaminado por las heces y los orines que se esparcen por todo el campo. Si tenemos en cuenta el número de duchas y el número de refugiados, podemos ducharnos con agua de disentería una vez cada dos meses.

—Había leído que el tema de las duchas estaba resuelto… —Lucienne estaba indignada.

—Te diré un secreto: en la enfermería tenemos una ducha para los enfermos y para las enfermeras con agua potable, pero no puede correr la voz. —Lucienne la miró sorprendida—. ¿Te imaginas a cien mil personas haciendo cola en la enfermería para ducharse? Sería el fin del mundo.

Las dos rieron con ganas. Rosa se alegró de aliviar el dolor de su nueva amiga.

—No te preocupes que no lo contaré. —Lucienne empezaba a sentir una conexión muy especial con Rosa—. Entiendo que los enfermos lo necesitan más que nadie.

Llegaron a la nueva enfermería.

—¡Fíjate! —Rosa sonreía—. Ya tenemos suelo y todo. —Pisaba el suelo de madera y lo mostraba como el gran adelanto que suponía—. ¡Esto va a salvar la vida de mucha gente!

Lucienne llevaba una semana haciéndose la misma pregunta, una pregunta que no la dejaba en paz:

—¿Por qué no se evacuó a todos los niños al interior, como se hizo al principio?

—¡Para solucionar eso estás tú aquí! —Le agarró fuerte las manos—. Antes de enero, se les enviaba hacia las regiones del norte y del interior. Eran muchos, pero conforme llegaban se iban repartiendo por todas las regiones. Pero los muy imbéciles decidieron cerrar la frontera durante días y ese flujo de personas se rompió. Cuando la reabrieron, se había acumulado tal cantidad de gente que ya no podían gestionar el desastre.

—Nunca pude entender para qué la cerraron. ¿Pensaban que el problema desaparecería solo con negarlo?

Rosa la interrumpió:

—No sirve de nada seguir pensando en eso. Nosotras, en un mes, hemos creado un registro con todas las madres con niños, los niños huérfanos y las personas mayores. Ahora toca buscarles un destino: será lento y algunos morirán. Pero no estamos aquí para lamentarnos, ¿verdad?

Lucienne se estremecía, contagiada por el optimismo de Rosa en medio de aquel montón de enfermos silenciosos, albergados en condiciones penosas, que recibían la mejor atención que aquellas enfermeras voluntarias podían dar.

Rosa cogió un viejo archivador con las anillas a punto de reventar y se lo entregó.

—Aquí se quedan solo los más graves —le susurró al oído—, los que, sin un milagro, no saldrán por su propio pie.

Lucienne hojeaba el archivador con cuidado, temerosa de que se deshiciera entre sus manos.

—Al resto les buscamos huecos en las barracas que se van construyendo por el campo lo más cerca posible de sus familias. Y pasamos todos los días a visitarlos.

—¿No envían a nadie al hospital?

—Muy pocas veces. Es la dirección del campo quien decide la conveniencia o no. Si ellos lo aprueban, vosotros nos ayudáis con el traslado.

Lucienne dejó el archivador sobre una mesa y Rosa le entregó otro, abierto por la primera ficha.

—Estos son los niños y niñas candidatos para salir del campo.

Al leer la primera ficha, Lucienne reconoció en la foto a una niña que llevaba todo el tiempo mirando por la ventana de la enfermería, como esperando a alguien. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y se quedó blanca, como si le hubieran arrancado el aire. Las manos le temblaban al ver en aquel rostro el reflejo de todas las miserias de la vida y la muerte.

Rosa sujetó el archivador, temiendo que se le cayera de las manos, porque Lucienne apenas podía sostenerlo.

—¿Quieres sentarte? Creo que tienes una bajada de tensión. —Le ofreció una silla que Lucienne aceptó—. Es el traslado de hoy. Supongo que ya la has reconocido. —Rosa miró a la niña—. Rebeca está muy enferma del corazón.

—Veo que viaja sola. ¿Dónde están sus padres?

—Su madre la iba a acompañar, pero cuando le hicieron las pruebas médicas y descubrieron que tenía disentería no la dejaron salir del campo. En un hospital se habría salvado, pero la dejaron morir aquí. Ahora Rebeca ya tiene permiso para salir sola —se le quebró la voz—, huérfana.

—¿Y su padre?

—De su padre no sabemos nada; puede estar vivo o muerto, prisionero en España o en un campo de concentración francés.

Rosa miró al fondo de la sala, desde donde la niña miraba por la ventana. Una lágrima cayó, solitaria, y se detuvo en la comisura de los labios. Se secó con la manga de la bata y continuó:

—Se ha empeñado en quedarse junto a la ventana, por si viene su padre a buscarla para que pueda verla.

Lucienne se levantó de la silla, como impulsada por un resorte, pero en un instante perdió la energía. Miró a un lado y a otro y se quedó paralizada. Un torbellino de impulsos la asaltó, todos imposibles de contener: quería salir corriendo para abrazarse a Rebeca, volver a la rotonda para traer ella misma la ambulancia y llevarse a la niña bien lejos de allí o quizás golpear hasta reventar las cabezas de los responsables del campo.

Rosa la abrazó con todas sus fuerzas y, por fin, Lucienne pudo llorar, porque era lo único que realmente podía hacer.

—¡Nos vamos ahora mismo! —Se desasió del abrazo de Rosa—. ¿Qué tenemos que hacer para sacarla de aquí?

—Gilbert se ocupa de las gestiones. Él nos avisará cuando lo tenga todo listo.

—Puedo salir con Rebeca y encontrarnos con él en la rotonda —casi suplicó.

Rosa sonrió enternecida.

—Esto no funciona así, Lucienne. Ojalá pudiéramos salvar a los niños con esa facilidad. Si quieres vamos a buscar a Gilbert, pero solas, tú y yo.

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40 hombres - 8 caballos

Una novela de Ginés García Gómez