El paso olvidado de la Retirada

Prats de Molló, los carabineros de la frontera y la verdad de una fotografía mal ubicada durante décadas

HISTORIA40 HOMBRES - 8 CABALLOS

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Durante décadas, la historia de la Retirada ha mirado hacia La Jonquera, Portbou o El Pertús, como si los Pirineos solo se hubieran abierto por esos corredores. Pero hubo otro paso, más alto, más frío y más cruel, por el que cruzaron decenas de miles de republicanos españoles en los últimos días de enero de 1939: el Coll d’Ares, entre Camprodon y Prats de Molló. Un paso estrecho, sin carretera en su vertiente francesa, donde la montaña se convirtió en una frontera a todas luces infranqueable.

Hoy sabemos que por allí pasaron entre 85.000 y 100.000 personas. Y que, en ese infierno blanco, los carabineros —un cuerpo disciplinado, leal y casi siempre olvidado— sostuvieron la retirada cuando ya casi nada quedaba en pie.

Camprodon: el último bastión de los carabineros

A finales de enero, Camprodon era un hervidero. El Hospital de Carabineros se había quedado pequeño y el pueblo entero se transformó en un complejo sanitario improvisado: hoteles, escuelas, el casino, casas particulares. Allí llegaban heridos del Ebro, enfermos, mutilados, soldados exhaustos, familias enteras que habían huido desde Barcelona.

En ese tramo de la frontera sostenían la organización cotidiana sobre todo los carabineros, un cuerpo acostumbrado a la montaña, a la frontera y a la disciplina. Ellos mantenían el orden en los hospitales improvisados, regulaban la subida de vehículos por la carretera estrecha y se encargaban de evacuar a los heridos.

La carretera imposible

La carretera que hoy sube desde Camprodon hasta el Coll d’Ares —asfaltada, amplia, con dos carriles y curvas seguras— no existía en 1939. La vertiente española estaba trazada, aunque era estrecha y peligrosa; la francesa, en cambio, era apenas un sendero de mulas. La carretera actual se construyó después de la guerra, en los años 40 y 50, y no se completó plenamente hasta 1964, cuando se inauguró el tramo francés que permitió el tránsito rodado continuo entre ambos lados. Nada de eso existía durante la Retirada. Por eso el Coll d’Ares fue un cuello de botella mortal.

La subida desde Camprodon era un solo carril que serpenteaba entre barrancos. Por allí avanzaban ambulancias, camiones, carros, coches oficiales, vehículos particulares y miles de personas a pie. Cuando un vehículo se averiaba —y se averiaban muchos— o llegaba al final del camino no había forma de apartarlo. La única solución era arrojarlo por el barranco.

Los soldados lo colocaban de cara al precipicio, lo rociaban con gasolina, lo incendiaban y, en el último instante, el conductor saltaba mientras el vehículo caía envuelto en llamas. El estruendo de las explosiones retumbaba en toda la montaña. Era la única manera de que la fila siguiera avanzando.

Prats de Molló y la increible la sorpresa francesa

Al otro lado de la frontera, Prats de Molló vivía ajeno a lo que se avecinaba. El alcalde, Joseph Noël, y sus concejales preparaban el Carnaval cuando vieron aparecer a tres hombres cubiertos de nieve. Eran el alcalde de Camprodon y dos acompañantes. Venían a avisarles:

—En Camprodon hay diez mil civiles y cuatro mil heridos que van a cruzar la frontera.
—¿Por aquí? —preguntó Noël, horrorizado—. ¡Pero si no hay carretera!

No la había. Y aun así, iban a cruzar.

En pocas horas Prats de Molló, un pueblo de apenas dos mil habitantes, improvisó lo imposible: la escuela, los graneros, el balneario, las casas particulares… Todo se convirtió en refugio. Los vecinos prepararon leche caliente, chocolate, mantas, jergones de paja. El Comité de Ayuda a la España Republicana, el Socorro Popular y el Socorro Católico trabajaron codo con codo.

Pero lo peor estaba aún arriba, en el collado.

El Coll d’Ares: el infierno blanco

En lo alto del Coll d’Ares, donde la nieve llegaba a la cintura y el viento helado hacía llorar los ojos, la escena era insoportable. Miles de personas avanzaban como podían, ancianos que no podían dar un paso más, niños ateridos, soldados exhaustos que subían y bajaban una y otra vez para ayudar a los más débiles. Los carabineros organizaban la bajada en dos tramos: del collado a la ermita, y de la ermita al pueblo.

Fue allí donde ocurrió una de las escenas más recordadas —y durante años peor contadas— de la Retirada.

La historia real de los niños amputados

Entre la multitud aparecieron tres niños de Monzón: Alicia, Amadeo y Antonio. Los dos pequeños caminaban con una sola pierna cada uno, apoyados en muletas diminutas que parecían hechas para un juego infantil. Su madre había muerto en un bombardeo y su padre, Mariano, los llevaba hacia la frontera con una determinación que desafiaba más a la lógica que al frío y al cansancio.

Los carabineros insistieron en que los niños debían ser evacuados en camilla. La pendiente era brutal, el sendero inexistente, y el frío podía matarlos antes de llegar a la ermita. Pero Mariano se negó. No quería que sus hijos entraran en Francia tumbados, como inválidos, sino de pie, “con la cabeza alta”.

Thomas Coll, un vecino de Prats de Molló, que había perdido una pierna en la Primera Guerra Mundial. Había subido con muletas, para ayudar a los refugiados. Al ver a los niños, comprendió de inmediato lo que estaba en juego y se ofreció a acompañarlos él mismo: sabía lo que significaba caminar entre miradas condescendientes, tan benévolas como perjudiciales.

Cargó a Amadeo sobre sus hombros. Mariano hizo lo mismo con Alicia. Antonio, el mayor, caminaba detrás, llevando las muletas y el equipaje. Los carabineros abrieron paso entre la nieve, marcando un ritmo lento pero constante. En la ermita descansaron unos minutos, y cuando por fin se divisaron los tejados de Prats de Molló, Thomas pidió que los niños caminaran los últimos metros por sí mismos. Quería que el pueblo los viera llegar así: criaturas mutiladas que, pese a todo, avanzaban por su propio pie, tan orgullosos como desafiantes.

Durante décadas, la prensa situó esta escena en otro paso fronterizo. El pie de foto de L’Illustration hablaba de La Vajol, y la historiografía repitió el error. Hoy sabemos que la fotografía fue tomada en Prats de Molló, y que los protagonistas habían cruzado por el Coll d’Ares, acompañados por un vecino, también amputado, que conocía la montaña mejor que nadie.

Un paso que merece ser recordado

El paso de Prats de Molló fue un tajo abierto en la cordillera por el que se desangró un país entero. Allí, entre el fuego de los vehículos ardiendo y la nieve que cegaba el camino, miles de personas cruzaron huyendo de un presente dramático hacia un futuro incierto. Los carabineros sostuvieron la retirada con una mezcla de disciplina y humanidad que rara vez aparece en los libros. Los vecinos de Prats hicieron lo que pudieron para recibir a quienes llegaban medio muertos. Y en medio de todo, historias como la de Thomas y los niños Gracia recuerdan que incluso en el derrumbe más absoluto puede haber un gesto que salva la vida y la dignidad.

Hoy, cuando se sube por la carretera asfaltada que une Camprodon con Prats de Molló —una carretera que no existía entonces, que tardó décadas en completarse— es difícil imaginar aquel caos de nieve, fuego y miedo. Pero basta cerrar los ojos un instante para verlos: carabineros abriendo paso, vecinos bajando a ayudar, niños avanzando como podían, y un país entero despidiéndose de su vida anterior en lo alto del Coll d’Ares.

Imagen mal ubicada en la prensa de Thomas Coll con el niño amputado
Imagen mal ubicada en la prensa de Thomas Coll con el niño amputado

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40 hombres - 8 caballos

Una novela de Ginés García Gómez

40 hombrs - 8 caballos. Portada de la novela.40 hombrs - 8 caballos. Portada de la novela.