Emilio Gómez Nadal
y otros valencianos en tiempos difíciles
40 HOMBRES - 8 CABALLOS
Ginés García Gómez
4/23/20267 min read


Hay figuras históricas que sorprenden por su capacidad de mantener la cabeza clara incluso cuando el mundo se tambalea. Emilio Gómez Nadal es una de ellas. Intelectual valenciano, historiador brillante y resistente en la Francia ocupada, su vida combina compromiso, ironía y una serenidad muy mediterránea. En 40 hombres – 8 caballos aparece como un personaje discreto pero decisivo; en los documentos reales, como un valenciano universal que supo adaptarse sin renunciar a su esencia. Su historia, lejos de ser un relato oscuro, invita a descubrir cómo la inteligencia y la calma pueden abrirse paso incluso en los momentos más inciertos.
Un valenciano con vocación de mundo
Nacido en València en 1907, Emilio creció en un entorno donde la cultura era una forma de respirar. Su familia estaba vinculada al valencianismo, a la industria y a la educación, y él mismo destacó desde muy joven por su curiosidad intelectual. Fue un estudiante excepcional, licenciado con premio extraordinario, doctor en Historia y profesor auxiliar. Su pensamiento combinaba el rigor del historiador con una visión abierta del País Valencià, moderna y europeísta. Y su carácter —tranquilo, irónico, reflexivo— encarnaba esa cachaza valenciana que no es resignación, sino inteligencia emocional: la capacidad de no perder el norte cuando todo alrededor se acelera.
Ese temperamento se reflejaba incluso en los detalles más cotidianos. Emilio caminaba con una ligera cojera y llevaba un zapato ortopédico al que llamaba, con humor, su sabato. Podría haber sido una limitación, pero él lo convirtió en una seña de identidad, un recordatorio de que la fortaleza no siempre se expresa con gestos grandilocuentes, sino con constancia y una cierta capacidad de reírse de uno mismo. En la ficción y en la vida real, el sabato simboliza algo más profundo: la voluntad de avanzar a su ritmo, sin estridencias, con una determinación tranquila que lo hacía inolvidable.
Teresa Andrés Zamora: compañera, intelectual y fuerza tranquila
La vida de Emilio no se entiende sin Teresa Andrés Zamora, nacida también en 1907, en Villalba de los Alcores, Valladolid. Bibliotecaria, arqueóloga, viajera, políglota y militante, Teresa fue una de las figuras más brillantes de la cultura republicana. Estudió en Alemania e Inglaterra, participó en congresos internacionales, trabajó en la creación de bibliotecas populares y formó parte de la élite intelectual que modernizó la biblioteconomía española. Su carácter —inteligente, decidido, sensible— complementaba el de Emilio, y juntos formaron una pareja que unía rigor académico, compromiso político y una profunda humanidad.
En París, durante la ocupación, ambos participaron en redes de apoyo, resistencia y solidaridad. Sus vidas se entrelazaron en un momento histórico convulso, pero también lleno de creatividad, lecturas, debates y proyectos compartidos. Aunque la vida los golpeó con dureza, su legado intelectual sigue siendo luminoso.
París, la resistencia y la vida en Valence d’Agen
Tras la derrota republicana, París se convirtió en su refugio y en su campo de acción. Emilio desempeñó un papel clave en la reorganización del PCE en la zona ocupada, en el contacto con la resistencia francesa y en la coordinación de exiliados. Sus reuniones en parques, sus paseos interminables, su sabato golpeando el pavimento parisino, sus conversaciones con Lise London o Josep Miret… todo formaba parte de una vida clandestina que él afrontaba con serenidad y humor. Era un hombre que no necesitaba levantar la voz para hacerse escuchar, ni imponer su criterio para que las cosas avanzaran. Su fuerza estaba en la constancia, en la claridad de ideas y en esa manera tan suya de mantener la calma incluso cuando el mundo parecía desmoronarse.
Después de la guerra, ya viudo, se trasladó a Valence d’Agen, una pequeña localidad del Tarn-et-Garonne. Allí vivió hasta 1993, rodeado de libros, cuadernos y recuerdos. Aunque nunca regresó a vivir al País Valencià, su casa francesa tenía algo de hogar mediterráneo: un lugar donde la memoria, la lengua y la cultura seguían vivas, como si necesitara que su entorno le recordara, de algún modo, a su tierra. En Valence d’Agen encontró una forma de equilibrio, una vida tranquila que le permitió seguir pensando, escribiendo y observando el mundo con la misma lucidez que lo había acompañado siempre.
Un personaje que merece ser recuperado
Emilio Gómez Nadal no es solo un nombre en los archivos ni un personaje secundario de la historia del exilio. Es un ejemplo de inteligencia serena, de compromiso sin estridencias, de humor en tiempos difíciles. Un valenciano que supo mantener su identidad incluso lejos de casa. Un intelectual que, pese a las circunstancias, nunca dejó de leer, de escribir, de conectar a personas y proyectos. Su figura ilumina una época compleja y demuestra que también en los momentos más duros hay espacio para la lucidez, la ironía y la humanidad.


Juan Marín García: un castellonense que siguió adelante
Si Emilio Gómez Nadal representa la serenidad reflexiva, Juan Marín García aporta la energía vital de quienes, aun empujados por la historia, se empeñaron en seguir adelante. Nacido en Castelló de la Plana en 1920, pertenecía a una generación que pasó de la adolescencia a la guerra sin transición. Su vida atravesó la República, el exilio y la ocupación nazi, pero siempre conservó una mezcla de ingenio, dignidad y capacidad de adaptación que lo acompañó hasta el final.
Del Castelló republicano al París de los refugiados
Marín llegó a Francia siendo muy joven, tras la derrota republicana. En el cuartel de Tourelles, convertido en albergue improvisado, compartió penurias con otros refugiados españoles: hambre, frío, incertidumbre… pero también camaradería, humor y una sorprendente capacidad para imaginar soluciones incluso en los momentos más difíciles. Allí formó un pequeño grupo de amistades —Paquita, Soria, Vizcaíno, Margarita— que se convirtió en su red de apoyo en un París cada vez más hostil.
Cuando Tourelles cerró y los refugiados fueron expulsados a los suburbios del Sena, Marín tuvo que enfrentarse a decisiones duras. Sin papeles ni trabajo, aceptó empleos ofrecidos por la administración alemana, como tantos otros exiliados que necesitaban comer y proteger a sus familias. Su oficio de óptico le permitió encontrar un puesto, y su sentido práctico —mezclado con una buena dosis de humor— lo ayudó a sostener a quienes tenía cerca en un entorno donde cada día exigía improvisación y temple.
La tensión de la clandestinidad
La vida de los refugiados en París se volvió cada vez más incierta. La vigilancia, las sospechas y la presión policial formaban parte del día a día. Marín, que se movía entre trabajos, amistades y contactos políticos, tuvo que aprender a vivir con esa tensión constante. Su carácter —prudente, observador, pero también decidido— le permitió navegar un entorno donde cada paso debía medirse con cuidado. En ese equilibrio entre la necesidad de actuar y la obligación de protegerse, Marín mostró una madurez que contrasta con su juventud.
Tras la guerra mundial, Marín reconstruyó su vida lejos de los focos. Pasó por África, regresó a España y vivió en València hasta 2014. Sus memorias, Si tuviera que volver a empezar…, muestran a un hombre lúcido, irónico y profundamente humano, capaz de mirar atrás sin rencor y de narrar su vida con una claridad que ilumina a toda una generación.
Tomás Urbiztondo: un valenciano que no terminaba de encajar
Entre los valencianos del exilio, Tomás Urbiztondo ocupa un lugar singular. Maestro antes de la guerra, estudiante de Derecho, oficial republicano, políglota y meticuloso, tenía una forma de estar en el mundo que no siempre encontraba su sitio en los campos franceses. No porque fuera distante, sino porque su manera de pensar —ordenada, reflexiva, poco dada a los bandos— chocaba con un ambiente donde las heridas de la derrota seguían abiertas y las lealtades se medían con rigidez.
En el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, Tomás se encontró con un clima en el que la derrota reciente había dejado cicatrices profundas. Entre los refugiados convivían todas las sensibilidades de la España republicana, y no faltaban quienes querían señalar culpables o reabrir viejas disputas. Él se opuso a esa dinámica. No por cálculo político, sino porque estaba convencido de que la división interna era un lujo que ya no podían permitirse.
Su intervención para frenar un intento de depuración entre españoles promovido por algunos comunistas lo marcó para siempre. Para algunos fue un gesto de sensatez; para otros, una intromisión imperdonable. Y en un entorno donde la verdad está siempre en duda, la memoria es larga y el resentimiento encuentra terreno fértil, aquella decisión lo acompañó como una sombra.
Tomás hablaba francés con soltura, conocía la legislación y sabía orientarse en la burocracia. Eso lo convertía en un puente entre los españoles y las autoridades francesas. Pero también lo situaba en un terreno ambiguo para quienes desconfiaban de todo lo que no fuera estrictamente militante.
Un resistente que actuaba según su conciencia
Pese a las tensiones, Tomás se integró en la Resistencia francesa. Participó en redes de enlace, colaboró con los F.T.P.F., fue detenido, logró evadirse, volvió a la actividad clandestina y acabó deportado a Buchenwald. Su expediente oficial lo reconoce como déporté résistant, una categoría reservada a quienes demostraron un compromiso real.
Pero incluso dentro de la Resistencia, su figura seguía siendo particular. No respondía al molde del militante disciplinado ni al del héroe impulsivo. Su valor tenía otra forma: la constancia, la lucidez, la capacidad de mantener la cabeza fría cuando todo alrededor se desordenaba. Y también la obstinación —a veces incomprendida— de actuar según su conciencia, aunque eso lo dejara solo.
Una vida reconstruida sin estridencias
Tras la Liberación, Tomás rehízo su vida en Francia. Estudió de nuevo, trabajó, se naturalizó francés en 1953 y vivió discretamente hasta 2007. No buscó protagonismo ni reivindicó su papel. Su historia quedó dispersa en archivos, certificados y cartas, como si él mismo hubiera preferido que su vida se leyera en voz baja.
Hoy, su figura completa el mosaico de valencianos del exilio que protagonizan de un modo u otro 40 hombres - 8 caballos: hombres distintos entre sí, unidos por una misma fractura histórica, pero también por una sorprendente capacidad de seguir adelante.