José Gómez Castaño, o cuando un nombre se borra con cada paso

Hay vidas que se pierden poco a poco, no de un solo golpe, sino en una sucesión de trámites burocráticos, donde cada papel y cada trazo borra un fragmento. de su vida.

HISTORIA

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La historia de José Gómez Castaño no se perdió de golpe. Se fue borrando poco a poco, como si cada funcionario que escribía su nombre dejara caer una letra, un apellido, un detalle, hasta que ya no quedara más que una sombra. José había nacido el 14 de agosto de 1919 en Guadalupe, un pueblo de la huerta murciana donde los apellidos importaban, donde el segundo apellido no era un adorno, sino una brújula familiar. En Francia, esa brújula se rompió, por cultura administrativa: allí los apellidos eran uno, no dos. Y cuando a un hombre sin arraigo, sin familia cerca, sin tierra propia en el país que lo acogía, le quitaban el segundo apellido, lo dejaban sin una de sus pocas anclas. Sin madre en el papel. Sin triángulo posible para reconstruir quién era.

En el otoño de 1943, José sufrió el internamiento forzoso en los campos de París. En las listas de la Prefectura de Policía su nombre aparecía y desaparecía como si alguien jugara a desordenarlo: un día era Gómez‑Castagno, otro Gómez‑Gaminde, otro simplemente Gómez. A veces lo tachaban, otras lo corregían, otras lo dejaban a medias. El papel anunciaba lo que vendría después: un hombre que se iba quedando sin nombre completo, sin historia escrita, sin defensa posible.

El último documento que lo nombró entero fue un registro manuscrito del campo de Tourelles. Allí aún era él: Gómez Castaño, José – 14.8.1919 – Guadalupe – destino: Todt‑Süd – 25.1.44. Ese día lo sacaron del campo. Ese día todavía tenía nombre, fecha, origen. Después, empezó la zona gris.

A partir de Tourelles, José no eligió caminos. Lo llevaron. Y lo llevaron a un sistema que no necesitaba saber quién era, solo les importaba lo que podía hacer con su cuerpo. Muchos españoles destinados a Todt‑Süd fueron enviados a la costa oeste. José quizás de vuelta a la zona de Montoir‑de‑Bretagne, donde funcionaban pequeños campos de tránsito y trabajo. La Ramée, su destino antes de París, no era un gran campo, pero sí un lugar donde belgas, franceses y españoles se mezclaban sin orden claro. Allí, los alemanes no distinguían nacionalidades: si venías con belgas, eras belga; si venías de Francia, eras francés. Los apellidos se deformaban según la oreja del escribiente. Gómez podía convertirse en Gomes, Gome, Gomis. Y nadie corregía nada. Solo importaba que pudieras levantar piedras.

Es posible que, quizás, quién sabe si....

José llegara a esa zona. Es posible que retomara contacto con compañeros de su destino anterior. También es posible que no. Algunos internos lograron escapar de Montoir y de los campos cercanos, aprovechando traslados, bombardeos o simples descuidos. José lo habría tenido más difícil: su pierna ortopédica lo hacía cojear mucho, y eso en un campo era una condena silenciosa. Aun así, no podemos descartar que lo intentara, como tantos otros.

También existe una tarjeta alemana, fechada en 1944, con un nombre que se parece demasiado al suyo: “Gomez Jose”. No tiene fecha de nacimiento, pero esa tarjeta aparece justo cuando José desapareció de Tourelles. Era una tarjeta de transferencia de mano de obra, el tipo de documento que recibían los trabajadores forzados enviados a Alemania. Podría ser él. Podría no serlo. Pero encaja en el vacío que dejó.

Y luego hay una tumba. En 1946, en Kirchmöser, Brandeburgo, aparece un registro de enterramientos con un nombre que parece un eco deformado: “Joseph Gomes – Frankreich”. No era un francés. Era un prisionero procedente de Francia. Y “Gomes” era una deformación habitual de “Gómez”. No es una prueba, pero sí otra posibilidad.

Quizás José murió en Francia, en un chantier de la Organisation Todt, sin que nadie anotara su nombre completo. Quizás lo trasladaron a Alemania y murió allí, convertido en un “Gomes” que venía de “Francia”. Quizás murió en ruta, en una evacuación, en un bombardeo, en un barracón. Quizás sobrevivió sin dejar rastro documental. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que su desaparición fue un proceso lento, una erosión del nombre. Primero perdió el Castaño. Luego deformaron el Gómez. Luego lo mezclaron con belgas, con franceses, con otros españoles. Luego lo convirtieron en un número. Y al final, lo perdimos.

Tratamos de abrir su historia. Porque detrás de cada tachadura hubo un hombre. Detrás de cada error de archivo hubo una vida perdida. Detrás de cada apellido mal escrito hubo una familia que aún intenta recomponerlo. José Gómez Castaño no tuvo tumba, ni regreso, ni despedida. Pero tuvo un nombre completo. Y recuperarlo es una forma de devolverle un lugar en el mundo.