La Academia para Oficiales de Carabineros de Orihuela

Una ciudad de conventos convertida en cuartel

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Ginés García Gómez

4/20/20263 min read

Diploma de Oficial de Carabinero de Luis Gómez Castaño
Diploma de Oficial de Carabinero de Luis Gómez Castaño

En 1937, Orihuela era todavía una ciudad de campanas, procesiones y claustros. Una ciudad donde cada esquina tenía un convento, un colegio religioso o una casa vinculada a la Iglesia. Ese paisaje, tan profundamente arraigado en la vida local, se convirtió de pronto en una ventaja estratégica para la República: decenas de edificios sólidos, amplios y vacíos podían transformarse en cuarteles, dormitorios, aulas y centros de instrucción sin necesidad de levantar una sola pared nueva.

Así, en cuestión de meses, el Seminario de San Miguel, las Salesas, la Trinidad, el Colegio de Jesús-María, el Patronato de la Joven Cristiana y el antiguo Colegio Santo Domingo pasaron a ser espacios militares. La ciudad entera se reorganizó para acoger a miles de hombres que llegaban desde todos los rincones del país. Orihuela, sin proponérselo, se convirtió en un gran cuartel.

En ese escenario nació la Academia para Oficiales de Carabineros, instalada en el edificio del Instituto de Segunda Enseñanza, bajo la dirección del teniente coronel Alfredo Martínez Baños y con Enrique Domingo al frente de los estudios. Era una institución propia del Cuerpo, diseñada para formar a los futuros tenientes que debían dirigir tanto las unidades de frontera como las nuevas brigadas mixtas de carabineros, creadas en paralelo a las del Ejército Popular.

La academia funcionaba con un ritmo frenético. Los cursos eran breves, intensos, y combinaban instrucción militar, topografía, servicio de campaña y legislación fiscal. La guerra no daba tregua, y los despachos de teniente se entregaban casi al mismo tiempo que los alumnos hacían las maletas para volver al frente. Entre 1937 y 1939 salieron siete promociones, la última interrumpida por el final de la guerra.

Mientras tanto, en otros edificios de la ciudad se organizaban y equipaban unidades enteras. La 65ª Brigada Mixta de Carabineros se formó allí, con batallones que habían pasado por Campo de Criptana, Madrid o Valencia. Durante semanas, las calles de Orihuela vieron maniobras, marchas, ejercicios tácticos y columnas de hombres que se preparaban para volver a la línea de fuego.

Entre ellos estuvo Luis Gómez Castaño, carabinero procedente de la 3ª Brigada Mixta, afiliado a la UGT desde 1934 y al PCE desde mayo de 1936. Su paso por Orihuela a principios de 1937 forma parte de esa historia colectiva: jóvenes que habían combatido en Madrid, Guadalajara o Andalucía y que, tras unos días de instrucción, volvían a la guerra o ingresaban en la Academia de Oficiales para asumir responsabilidades de mando.

Su ficha de filiación, firmada en Orihuela, es solo una pieza más de un mosaico mucho mayor: miles de carabineros que pasaron por la ciudad, miles de historias que se cruzaron en los claustros del Seminario, en los patios de Santo Domingo o en las aulas improvisadas donde se enseñaba a leer mapas, a dirigir una sección o a aplicar las ordenanzas de aduanas en plena guerra.

La Academia para Oficiales de Carabineros fue una institución breve, apenas dos años, pero decisiva. Representa un momento en el que la República intentó sostenerse no solo con voluntarios, sino con formación, estructura y disciplina. Y representa también la transformación de una ciudad profundamente religiosa en un espacio militar que acogió, instruyó y despidió a miles de hombres camino del frente.

Hoy, cuando uno recorre esos mismos edificios, cuesta imaginar el bullicio de aquellos meses: las botas en los claustros, las órdenes en los pasillos, la banda de música ensayando en el patio, los jóvenes repasando topografía antes de un examen que podía decidir su destino. Pero la memoria está ahí, en los documentos, en los nombres y en las historias que aún podemos reconstruir.