La familia Gómez Castaño
Memoria de la huerta de Guadalupe (Murcia)
40 HOMBRES - 8 CABALLOS
Ginés García Gómez
4/26/20265 min read


En la huerta de Guadalupe en Murcia, donde el agua ha sido siempre más que un recurso —una forma de estar en el mundo, un ritmo, una herencia— se levantaba la casa de Luis Gómez Botía y Carolina Castaño Vázquez. No era una casa grande ni pretendía serlo. Era, como tantas en la huerta murciana, un espacio construido a golpe de necesidad y afecto, con paredes que guardaban el olor de la leña húmeda, el eco de las voces y el peso de los días de trabajo. Allí crecieron ocho hijos, cada uno con su lugar en la familia, cada uno con una relación distinta con la tierra, el agua y el tiempo.
La huerta de Guadalupe no es un escenario accesorio en esta historia: es su columna vertebral. Quien haya vivido allí, o quien haya heredado el relato de quienes la trabajaron, sabe que la acequia no es solo un canal, sino un sistema de vida. El agua que baja desde la Contraparada, que se reparte con precisión milimétrica entre brazales y azarbes, que se defiende en juntas y turnos, que se espera y se agradece, es la misma agua que marcó la infancia de los Gómez Castaño. La tierra era fértil, sí, pero exigente. Había que saber leerla, escucharla, anticipar su humor. Y esa relación íntima con el terreno, con la humedad y con el sol, moldeó a la familia tanto como cualquier acontecimiento histórico.
Luis Gómez Botía, jornalero y aparcero, conocía bien ese lenguaje. Su vida transcurría entre la tierra y el agua, entre la obligación y la esperanza. No era un hombre de grandes discursos, pero sí de una constancia que dejaba huella. Carolina Castaño Vázquez, su esposa, sostenía la casa con una mezcla de firmeza y ternura que aún resuena en la memoria familiar. Era el eje emocional, la que mantenía el equilibrio cuando la vida se inclinaba demasiado hacia un lado. En torno a ellos crecieron ocho hijos que, sin saberlo, serían testigos de un tiempo que estaba a punto de fracturarse.
El mayor, Antonio, ocupaba el lugar que la tradición asignaba al primogénito: responsabilidad, trabajo y una presencia que marcaba el ritmo de los demás. Tras él venían Manuela, Dolores y Carolina, tres hermanas que compartían tareas, confidencias y silencios, y que aprendieron desde pequeñas que la vida en la huerta exigía tanto a las mujeres como a los hombres, aunque no ofreciera las mismas oportunidades. La casa era un espacio vivo, lleno de manos que amasaban, lavaban, recogían, cocinaban, cuidaban. La huerta no se entendía sin ellas.
El quinto hijo, Vicente, encontró en la educación un camino distinto. Maestro de la República, representaba una forma de movilidad social que, por un momento, pareció posible para las familias humildes de la huerta. Su vocación no lo alejaba de sus raíces; al contrario, las hacía más visibles. Enseñar era, para él, una manera de devolver a la comunidad lo que la comunidad le había dado.
Luis, el sexto, entró como aprendiz en la Fábrica de la Pólvora de Javalí Viejo, un lugar que marcó a varias generaciones de jóvenes de la zona. La fábrica era un mundo aparte: un espacio industrial en medio de la huerta, con sus propios ritmos, peligros y jerarquías. Para muchos, era una oportunidad; para otros, una obligación. Pero todos sabían que trabajar allí significaba convivir con el riesgo y con la disciplina férrea de un entorno donde cualquier descuido podía ser fatal.
José, el séptimo, siguió el camino más habitual: jornalero, como su padre. Su relación con la tierra era directa, física, inmediata. Conocía el peso de la azada, el olor del bancal recién regado, el cansancio que se acumula en los hombros después de una jornada larga. Su vida estaba hecha de gestos repetidos, de madrugadas frías y de tardes en las que el sol parecía no querer marcharse.
Y, por último, Eulogio, el menor, el que llegó cuando la familia ya tenía un ritmo propio y una historia acumulada. Su lugar en la casa era distinto: más protegido, más observado, más cargado de expectativas. Con el tiempo, sería también el depositario de una memoria que no siempre se podía contar en voz alta. Eulogio es el abuelo del autor, el hilo que conecta el pasado con el presente, la voz que permite reconstruir lo que el silencio quiso borrar.
La vida en la huerta de Guadalupe tenía una cadencia que hoy resulta difícil de imaginar. El agua, o la escasez de ésta, marcaban el calendario. Los turnos de riego eran sagrados: había que estar cuando tocaba, aunque fuera de madrugada, aunque el frío calara los huesos. La acequia mayor bajaba con un rumor constante, y los brazales se abrían y cerraban con una precisión que era casi un arte. Los hombres y las mujeres de la huerta sabían que el agua no se desperdicia, que cada gota tiene un destino, que la tierra responde cuando se la trata con respeto.
Las tierras que trabajaba la familia Gómez Castaño durante muchos años no fueron suyas, como ocurría con la mayoría de las familias de la zona. Eran tierras arrendadas, fruto de un sistema de propiedad que venía de lejos y que condicionaba la vida de quienes dependían de él. La relación con los propietarios era compleja, a veces cordial, a veces tensa, siempre marcada por una desigualdad que se aceptaba porque no había alternativa. Pero, pese a todo, la huerta era un espacio de dignidad. La gente se conocía, se ayudaba, compartía herramientas, consejos, semillas. La comunidad era una red invisible que sostenía a las familias cuando las cosas se torcían.
En ese mundo crecieron los ocho hermanos. Un mundo que combinaba la dureza del trabajo con la belleza de un paisaje que cambiaba con las estaciones: los frutales en flor, los bancales recién arados, el olor a azahar que llenaba el aire en primavera, el sonido de las norias, el paso lento de las bestias por los caminos de tierra. La huerta era un lugar donde la vida se medía en cosechas, en lluvias, en turnos de riego, en fiestas patronales, en historias contadas al caer la tarde.
Este árbol genealógico no es solo una representación familiar. Es un mapa de la huerta murciana en un momento crucial de su historia. Es la memoria de una forma de vida que ha cambiado, pero que sigue viva en quienes la recuerdan. Es el retrato de una familia que, como tantas otras, vivió entre la tierra y el agua, entre la esperanza y la incertidumbre, entre la rutina y la historia.
Y es, también, el punto de partida de 40 hombres – 8 caballos, una novela que nace de la necesidad de comprender, de reconstruir, de dar voz a quienes no pudieron contar su propia historia. Porque la memoria no es solo un ejercicio del pasado: es una forma de mirar el presente y de imaginar el futuro.

