Mujeres de la Resistencia para recordar

Para ellas no hubo desfiles, ni medallas, ni discursos. Hubo maletas viejas, habitaciones frías, niños que lloraban por la noche, trabajos que no esperaban a nadie.

HISTORIA40 HOMBRES - 8 CABALLOS

Ginés García Gómez

4/27/20265 min read

Grupo de mujeres en el Cuartel de Tourelles
Grupo de mujeres en el Cuartel de Tourelles

Cuando las mujeres hablan de la guerra, no buscan gloria: buscan a quienes faltan, a quienes sostuvieron, a quienes salvaron. Su memoria no es épica, es humana. Y por eso es imprescindible.

Cuando la guerra terminó, ellas no recibieron medallas, ni dieron discursos. Hubo maletas viejas, habitaciones frías, niños que lloraban por la noche, trabajos que no esperaban a nadie. Las mujeres que habían sostenido la Resistencia española en Francia volvieron a sus vidas como si nada hubiera ocurrido. No porque no hubiera ocurrido, sino porque no había tiempo para detenerse a explicarlo. Había que cuidar, había que trabajar, había que seguir. Si alguna vez hablaron, lo hicieron de pasada, como quien menciona un detalle sin importancia. Nunca se dieron el lugar que merecían. Nunca se llamaron heroínas. Nunca se imaginaron que alguien querría escuchar sus historias.

Lo que habían arriesgado, lo que habían salvado, lo que habían sostenido, quedaba guardado en un silencio que no era olvido, sino supervivencia. Hoy, al contar sus historias, les devolvemos lo que la historia les quitaba.

Constancia Martínez Prieto, madrileña, taquígrafa y mecanógrafa formada en España, actuaba como enlace. Se movía entre grupos dispersos, llevaba mensajes que no podían perderse, transmitía consignas, recogía información, mantenía la cohesión entre españoles y franceses. Sabía qué decir y cuándo callar. Sabía moverse sin llamar la atención. Sabía sostener la moral cuando otros se derrumbaban. Su papel era decisivo, aunque ella nunca lo presentara así. Volvía a la vida civil con la misma serenidad con la que actuaba en la clandestinidad. Trabajaba, cuidaba, reconstruía. Si alguien le preguntaba, respondía con frases breves, como si la memoria fuera un cuarto que prefería mantener cerrado. No reclamaba reconocimiento. Por eso lo hacemos nosotros.

Ana Isabel Cascales Sarrate, nacida en Huerto (Huesca), emigrante económica y dactilógrafa en España antes de la guerra, actuaba con la misma discreción. Transportaba documentos, avisos, papeles que no debía leer, moviéndose por París con naturalidad. Inspiraba confianza. Las francesas la acogían como a una hermana; las españolas la seguían porque su serenidad hacía que todo pareciera menos peligroso. Había cruzado fronteras, había trabajado en hospitales de guerra, había sobrevivido a la cárcel. Pero al terminar la guerra, lo que importaba era otra cosa: ganarse la vida, cuidar de su familia, ayudar a otras españolas. Su memoria era un refugio, no un monumento. Por eso hoy la nombramos.

Francisca de Las Heras, conocida como Paquita Velas, refugiada española de origen popular, trabajadora sin oficio cualificado reconocido en España, actuaba desde la intuición. No tenía formación política, pero entendía la injusticia de manera visceral. Colaboraba con imprentas clandestinas,. hacía recados, llevaba mensajes, avisaba de movimientos sospechosos, sostenía a las más jóvenes. Su humor cortaba el miedo. Su valentía era directa, casi insolente. Representaba a esa mujer anónima que sostenía la resistencia desde abajo. Volvía a la vida cotidiana con la energía de siempre. Trabajaba donde podía, cuidaba de los suyos, se reía de las desgracias como había hecho en los peores momentos.

María González Bulga, emigrante económica española, casada con el sindicalista portugués Manuel Freire, procedente del medio obrero, había trabajado en la industria del automóvil en el extrarradio de París. Actuaba en la sombra. Era enlace, mensajera, apoyo logístico. Su nombre aparecía en los listados, pero no dejaba testimonios. Su vida nunca volvió a la normalidad. Y aún así siguió trabajando, fue una mujer anónima en un país que no sabía nada de ella.

Después de la guerra, nadie les pedía que explicaran lo que habían hecho. Nadie quería saber cómo habían salvado vidas, cómo habían engañado a soldados alemanes, cómo habían pedaleado de noche entre controles, cómo habían escondido fugitivos, cómo habían mantenido la moral de grupos enteros. Volvían a sus casas, a sus pueblos, a sus trabajos. Y la vida seguía. Pero la historia no puede seguir sin ellas.

Montserrat Vallès Cabeza, catalana, costurera y obrera textil, sostenía la vida desde la casa. Cuidaba de hijos mientras diseñaba propaganda clandestina, que copiaba y recopiaba a mano para echarla por los buzones de camino al trabajo. Fue el apoyo necesario y consorte para que su marido, Louis Marasse, fuera todo un miembro de la Resistencia más activa y visible.

Lucienne Jacqueline, francesa, joven de clase media urbana, sin profesión consolidada aún pero comprometida en organizaciones juveniles, actuaba desde el cuidado. Entraba en prisiones, llevaba comida, medicinas, noticias. Su papel era silencioso, pero transformador. Volvía a estudiar, a trabajar, a vivir. Guardaba la guerra en un cajón. No buscaba reconocimiento. No quería explicarse.

Annette, española emigrada antes de la guerra cuya identidad ha permanecido oculta durante muchos años, probablemente procedente de un medio obrero o pequeño comercio, sin profesión documentada pero con funciones dirigentes, actuaba desde la dirección. Reclutaba, evaluaba, conectaba. Había sido dirigente, reclutadora, enlace de alto nivel. Después quedó en silencio. Y nunca dijo a nadie quién era ni a qué se había dedicado.

Hélène Fernández Díaz, parisina hija de españoles. Desde la adolescencia participaba en las movilizaciones antifascistas y, ya durante la ocupación, falsificaba tarjetas de identidad y de racionamiento para judíos, clandestinos y familias perseguidas. En la mairie donde trabajaba, sustituía documentos marcados con la estrella por papeles “limpios” y preparaba nuevas identidades para quienes necesitaban desaparecer. También colaboraba con redes juveniles vinculadas a la Unión de Jeunes Filles de France, organizando apoyo, refugio y enlaces. Su resistencia era práctica, valiente y constante: ayudaba a otros a sobrevivir mientras ella misma se exponía cada día. Cuando fue arrestada, escapó, siguió ayudando. Y cuando la guerra terminó, volvió a la vida sin contarse a sí misma como heroína, aunque lo había sido en cada gesto.

Simone Lombard, francesa de entorno rural, adolescente sin profesión aún, actuaba desde la juventud. Pedaleaba entre bosques y controles, llevando mensajes y avisos. Después volvía a ser una muchacha de pueblo. Crecía, trabajaba, formaba una familia.

Suzanne, pastora francesa, actuaba desde la humanidad. No pertenecía a ninguna organización, pero protegía a quien lo necesitaba. Salvaba al fugitivo con una frase improvisada y volvía a sus ovejas, a sus prados, a su vida sencilla. Pero nunca se daba importancia, dejando que fueran los hombres quienes contaban la historia a su manera. Para ella, lo que había hecho era lo natural: ayudar a quien lo necesitaba. La guerra pasaba, y Suzanne seguía caminando por los mismos senderos.

Constancia, Isabel, Paquita, María, Montserrat... son mujeres reales, también personajes tratados con la mayor fidelidad posible en 40 hombres - 8 caballos, una novela coral en la que el protagonista principal es la Resistencia de las y los españoles que se negaron a aceptar la derrota. Reconozco, como autor, que trabajar los perfiles de las mujeres ha sido más complicado que trabajar los de los hombres, puesto que sobre ellas hay mucho menos escrito, mucha menos literatura y mucha menos documentación.

Las mujeres no buscaban ser recordadas. Pero en sus silencios estaba la parte de la guerra que nadie se atrevió a nombrar.