Venid a mí

Breve ensayo en torno a la novela 40 hombres - 8 caballos

PUBLICACIONES

Ginés García Gómez

4/12/20264 min read

Hubo un tiempo en el que los muertos aparecían vaporosos en el techo de mi dormitorio. Venían hasta mí sin avisar, pero yo no podía decir que no los esperara. Ellos me visitaban cada noche, cuando terminaba un largo día de trabajo en el que yo había estado jugando con sus vidas.

Venían a pedirme explicaciones.

«¿Por qué has escrito eso? Te estás equivocando. Sigue buscando la verdad, porque muchas veces las cosas no son lo que parecen…».

Sin embargo, ahora ya no quieren saber nada de mí. Se han olvidado de mi casa, de mi dormitorio y de mi cama. Y mi mujer se alegra de que ya no vengan, de que volvamos a ser solamente dos, porque lo de antes era multitud.

Pero yo los echo de menos. ¿Qué os ha pasado?

¿Ya no confiáis en mí? ¿Creéis que no soy capaz de hacerlo? ¿Es que no he estado a la altura de vuestras exigencias? ¿Me habéis dado por imposible? O es qué consideráis que hemos terminado nuestro trabajo.

Las apariciones empezaron en 2018, un año después de visitar vuestras tumbas por primera vez: esas cruces blancas perfectamente alineadas en el gigantesco cementerio de Sainte-Anne-d'Auray.

Se podría decir que era un lugar hermoso, rodeado de bosques y con un olor a hierba fresca que lo impregnaba todo.

Vosotros ocupáis una fila entera de cruces. Os enterraron juntos. Valientes soldados, héroes, luchadores por la libertad. Muertos en combate.

Cada cruz es blanca, maciza y de sección rectangular. Construida de hormigón encofrado y rematada por una plaquita metálica de un color crema, con un nombre y un rango militar. Y, debajo, la mención honorífica: «Mort pour la France».

Y tú, Luis, estás el sexto en tu larga fila: Jean Porge a tu derecha y Rufino de la Fuente a tu izquierda. Te lo cuento porque no sé si lo sabes, no sé qué veis desde ahí abajo. Y en tu tumba reza: «Gómez Louis. Lugarteniente FFI. Muerto por Francia el 27-4-1944».

¿Sabes tú quién te lleva flores?

Han pasado diez años y aún no he encontrado la explicación. ¿Qué hacía aquel ramo de flores apoyado en tu cruz? Es verdad que no eras el único con flores en el cementerio, pero no había nadie más que las tuviera en aquella parcela de cientos de cruces perfectamente alineadas en decenas de filas.

¿Quién te había llevado flores? ¿Quién cuidaba tu cruz para que se mantuviera limpia y libre de lo que los vivos llamamos malas hierbas? ¿Quién sacaba brillo a tu placa?

No conocíamos a nadie allí. No habíamos avisado de nuestra visita. Tu tumba, vuestras tumbas, estaban a cientos de kilómetros del resto de lugares que íbamos a visitar. Y, sin embargo, alguien se había tomado la molestia de acudir antes que nosotros, limpiar y embellecer. Para que supiéramos que no estabas solo.

Fue justo un año después cuando contactaste por primera vez conmigo.

La culpa de todo la tuvo Juan de Dios, cronista oficial de Guadalupe, pedanía de Murcia: —¿Sabéis que dos de vuestros tíos abuelos murieron en Francia durante la Segunda Guerra Mundial? ¿No? Pues entonces tampoco sabréis que a uno de ellos le rinden homenaje cada año en Francia, como héroe de la Resistencia, muerto por la paz y la libertad.

Nuestras caras, las de mis padres, la de mi hermano y la mía, reflejaban nuestra ignorancia.

Mi abuelo siempre había hablado de que sus dos hermanos mayores: los pobrecitos habían muerto en Barcelona, durante un bombardeo casi al final de la guerra. No era mentira. Tampoco se equivocaba. Era una mentira que él se acabó creyendo a base de repetirla. El miedo.

Pero mi abuelo ya no estaba; hacía poco que se había marchado. Mis padres y mi hermano pensaron que era una historia interesante, que estaría bien que alguien pudiera contarnos algo más. A mí me pareció un asunto ineludible. Yo os lo contaré.

Juan de Dios me puso en contacto con Carlos: un historiador aficionado francés, ferroviario jubilado e hijo de emigrantes españoles que habían llegado a Francia huyendo de la Guerra de España del 36. Él había escrito un pequeño libro, De la guerre d’Espagne à la Resistance, en el que dedicaba dos páginas a mis dos tíos abuelos, Luis y José.

«Ya sabes muchas cosas, más de lo que llega a saber la mayoría de gente sobre sus familiares desaparecidos».

Había quien me desanimaba a continuar.

Pero yo pensaba que no sabía nada, que aquello era la punta del iceberg de una historia fascinante. Ni tan siquiera estaba seguro de que lo que se contaba en aquel libro estuviera suficientemente contrastado.

Entre los dos, Juan de Dios y Carlos, disponían de muchos datos. A lo largo de sus vidas han estudiado cientos de biografías y trazado itinerarios de sus protagonistas.

Muchos de los datos eran incontestables, las trayectorias parecían verosímiles, el trabajo irreprochable.

La información provenía de biografías de supervivientes, de testimonios de familiares, de testigos, de archivos documentales… Datos que para muchas personas serían un todo incuestionable. Pero, al fin y al cabo, datos que para mentes incontroladas como la mía, resultaban insuficientes: sólo abrían un abanico de posibilidades, de preguntas sin respuesta.

Porque cada vez que miraba a la cara de la única fotografía que tenía de mi tío abuelo Luis, me surgían más preguntas que respuestas y unas ganas irrefrenables de saber.

Fue ahí cuando cambió mi vida. Aún no sé si para bien o para mal. Quizás simplemente cambió. Ya he cumplido los cincuenta, dedicado desde los cuarenta a saber cuál fue la verdadera historia de mis tíos abuelos y quienes le acompañaban.

Al fin he escrito vuestra historia, intentando hacer justicia. Pero aún con muchas preguntas sin respuesta.

¿Por qué no volvéis otra vez para ayudarme?