El viaje de los exiliados españoles hacia América: SERE y JARE

Para muchos republicanos espñaoles la única salida real no estaba en Europa, sino al otro lado del Atlántico.

HISTORIA40 HOMBRES - 8 CABALLOS

5 min read

Una carta dirigida a las oficinas del SERE en París
Una carta dirigida a las oficinas del SERE en París

Cuando la Guerra Civil española llegó a su fin en el frente de Cataluña en 1939, cientos de miles de personas cruzaron los Pirineos en un éxodo sin precedentes. Francia, tan desbordada como temerosa, improvisó campos de concentración en playas y descampados. Allí quedaron hacinados militares, maestros, campesinos, intelectuales, mujeres y niños que habían huido del avance franquista.

Para muchos de ellos, la única salida real no estaba en Europa, sino al otro lado del Atlántico, aunque muy pocos lo conseguirían. Emigrar a América no era un proceso sencillo ni justo: dependía de organismos enfrentados, de la política interna del PSOE y de su relación con el resto de organizaciones políticas, de la presión francesa, de la inminente invasión nazi y de la voluntad de países como México, Chile o República Dominicana.

En ese laberinto burocrático y político se jugó el destino de decenas de miles de españoles. El primer intento de dar una respuesta organizada fue el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE), creado por Juan Negrín en febrero de 1939. Su misión, entre otras, era sacar de Francia al mayor número posible de refugiados, especialmente a quienes corrían mayor riesgo de represalias franquistas o nazis. Negrín, acusado por sus adversarios de estar demasiado próximo al Partido Comunista, defendía una política de resistencia y unidad antifascista. Para él, el exilio no era una retirada, sino una fase más de la lucha. El SERE reflejaba esa visión: una estructura centralizada, disciplinada y orientada a salvar vidas con rapidez.

Las oficinas del SERE en París eran un hervidero de actividad: funcionarios agotados que no cesaban en su empeño, como Emilio Gómez Nadal, listas que cambiaban cada día, expedientes que se perdían, presiones políticas constantes y miles de refugiados esperando una oportunidad. La escena que se vivió en junio de 1940 en Burdeos —muelles colapsados, barcos retenidos, funcionarios perseguidos por la policía francesa, familias desesperadas golpeando las verjas del puerto— resume el clima en el que trabajaba el SERE. Era una carrera contrarreloj contra la burocracia francesa y contra el avance nazi.

La tragedia del exilio republicano estuvo agravada por una profunda fractura política. Dentro del PSOE convivían dos almas irreconciliables. La de Negrín, partidario de resistir hasta el final, apoyado por los socialistas negrinistas y por el Partido Comunista. Y la de Indalecio Prieto, líder histórico del socialismo moderado, que consideraba que Negrín había entregado demasiado poder a los comunistas y que su política de resistencia había prolongado inútilmente la guerra. El conflicto estalló cuando el Gobierno republicano evacuado sacó de España un tesoro valorado en unos cincuenta millones de dólares para sostener a los exiliados. Negrín lo puso bajo control del SERE. Prieto lo consideró un error y desde el primer momento trató de evitarlo.

La ruptura definitiva llegó con el yate Vita, que transportaba a México maletas repletas de oro, joyas, monedas y objetos de valor. Prieto maniobró para hacerse con el control del barco y de su tesoro. Desde ese momento, creó su propio organismo de ayuda: la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE). La división fue total. Los partidarios de Negrín acusaban a Prieto de haberse apropiado de bienes públicos que pertenecían al conjunto del Estado republicano, mientras que los prietistas sostenían que Negrín actuaba bajo la influencia del Partido Comunista y que había entregado a los comunistas un poder desproporcionado durante la guerra y el exilio. Los anarquistas denunciaban que nadie los tenía en cuenta, como si su enorme sacrificio en el frente y en la retaguardia hubiera quedado borrado de un plumazo. Los nacionalistas catalanes y vascos reclamaban cuotas propias, convencidos de que sus estructuras políticas debían tener un papel autónomo en la evacuación. Los comunistas, por su parte, desconfiaban de todos, convencidos de que cualquier maniobra de Prieto buscaba neutralizar su influencia. En medio de ese conflicto, quienes pagaban el precio eran los refugiados: hombres, mujeres y niños atrapados en campos franceses, pendientes de decisiones tomadas a miles de kilómetros.

La JARE nació en ese clima de fractura. Financiada con el tesoro del Vita, se convirtió en una estructura paralela al SERE. Prieto la concibió como un organismo más transparente, más plural y menos sometido a la influencia comunista. Su prioridad era ayudar a los refugiados en Francia y facilitar su traslado a América, especialmente a México, donde Prieto contaba con una enorme influencia política y con el apoyo del presidente Lázaro Cárdenas. La coexistencia entre SERE y JARE fue tensa desde el primer día. Ambos organismos competían por fondos, por prestigio y por el control del exilio. A veces duplicaban esfuerzos; otras, se bloqueaban mutuamente. Sin embargo, pese a la rivalidad, entre ambos lograron salvar a miles de personas que, de otro modo, habrían quedado atrapadas entre la represión franquista y el avance nazi.

Emigrar a América era un proceso que estaba atravesado por factores que poco tenían que ver con la justicia: era imprescindible contar con un padrino político que avalara la solicitud, conocer los entresijos de la burocracia, disponer de dinero para gestiones opacas que nadie reconocía abiertamente y estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Por encima de todo, era necesario que el barco asignado no fuera retenido por las autoridades francesas, que imponían tasas abusivas, retrasos deliberados y exigencias cambiantes. En un contexto así, miles de cartas enviadas a la Embajada de México o a las oficinas del SERE y la JARE nunca llegaron a ser leídas.

La invasión alemana aumentó la angustia y aceleró el proceso A medida que los nazis avanzaban hacia París, las oficinas del SERE trabajaban día y noche para completar expedientes, localizar a candidatos, emitir telegramas y cerrar listas de embarque antes de que fuera demasiado tarde. Los funcionarios sabían que cada día perdido podía significar que un barco quedara bloqueado en puerto o, peor aún, que los refugiados seleccionados cayeran en manos de la Gestapo. La presión francesa aumentaba al mismo ritmo que el caos: registros policiales, detenciones arbitrarias, expedientes requisados y oficinas clausuradas. En ese clima, los embarques se convirtieron en operaciones casi clandestinas, ejecutadas con una mezcla de urgencia, improvisación y valentía.

Los puertos de Burdeos, Sète y Marsella se transformaron en escenarios de desesperación. Familias enteras se agolpaban frente a las verjas, intentando colarse entre los controles, suplicando un pasaje que no existía. Los barcos asignados al SERE —viejos, lentos, caros y en mal estado— eran retenidos durante días por motivos burocráticos, mientras los refugiados esperaban bajo los bombardeos. Cuando finalmente zarpaban, lo hacían cargados de un simbolismo que iba más allá del viaje: representaban la última oportunidad de escapar de una Europa que se derrumbaba.

En ese contexto, la emigración a América se convirtió en una lucha por la supervivencia en medio de un continente en guerra, una carrera contra el tiempo marcada por la dignidad de quienes, pese a todo, seguían creyendo en un futuro posible. El SERE y la JARE, con todas sus sombras y contradicciones, se convirtieron en los pilares de esa esperanza, aunque podrían haber salvado a muchas más personas si los egoísmos y las argucias no hubieran truncado un entendimiento necesario. Los barcos que cruzaron el Atlántico —desde el Sinaia hasta el Winnipeg, desde el Mexique hasta el Nyassa— quedaron grabados en la memoria colectiva como los puentes que salvaron a una pequeña parte de una generación entera lanzada hacia el abismo.

Buque Cuba
Buque Cuba

© 2026. All rights reserved.

40 hombres - 8 caballos

Una novela de Ginés García Gómez

40 hombrs - 8 caballos. Portada de la novela.40 hombrs - 8 caballos. Portada de la novela.