Guadalupe y su huerta. De la República a la posguerra
La vida cotidiana en una pedanía clave del Norte de Murcia, punto de partida de la novela 40 hombres - 8 caballos.
HISTORIA40 HOMBRES - 8 CABALLOS
Ginés García Gómez
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La historia de una familia no se escribe únicamente con grandes efemérides, sino con el barro de los caminos, el esfuerzo de los huertanos en la labranza, la siembra, el riego, la recolección... y el rumor constante del agua en las acequias. En un rincón del norte de Murcia, concretamente en Guadalupe, la intrahistoria de los Gómez Castaño y su entorno se funde con los grandes cambios políticos, las ilusiones colectivas de la Segunda República y la posterior y trágica fractura que supuso la guerra en España. Para comprender aquel mundo, hay que recorrer los mismos senderos que pisaban sus protagonistas, desde la barraca o el cobertizo hasta la sombra de los limoneros.
El territorio y la memoria: La Galapacha y el Carril de los Luises
La vida cotidiana de la huerta se movía a otra escala, marcada por la cercanía del agua y los hitos del paisaje local. Muy cerca de las tierras de la familia se encontraba la Galapacha, un paraje cruzado por acequias donde el ingenio diario era necesario para salvar los cauces. Para pasar de un margen a otro, los vecinos colocaban, a modo de puentes improvisados, tablas estrechas sobre las que hacían equilibrios. La acequia principal que discurría por allí era la Alfatego, de aguas limpias, fondo arenoso y poco caudal, escoltada por cañas y árboles que daban sombra al camino.
En las inmediaciones se extendía el Carril de los Luises, un ramal interior que discurría de manera convergente con la histórica Senda de Granada. Frente al equívoco popular de atribuir el nombre del Carril de los Luises a una mera casualidad demográfica o costumbre de vecinos homónimos, el camino heredó su denominación de un pasado señorial y monástico vinculado a la influencia de la Orden de los Jerónimos y a las antiguas adscripciones de propiedades o rentas devocionales —frecuentemente asociadas a capellanías o patronazgos bajo la advocación de San Luis—, transformando con los siglos aquel abolengo clerical en el apelativo llano y cercano de la vecindad.
Junto a este entramado de caminos y en la confluencia con la Senda de Granada se alzaba otro de los enclaves neurálgicos del lugar: el Ventorro del Picaza, conocido popularmente como "ca el Picaza" o "anca el Picaza". Este tipo de ventorro o taberna tradicional de la huerta funcionaba como un auténtico corazón social, combinando el despacho de vino de la tierra, licores y chatos con el servicio de pequeños ultramarinos y abastos para el día a día de los huertanos. Ubicado originariamente en el llamado Camino del Picaza, este establecimiento convivía con otros puntos de encuentro entrañables de la zona, como el ventorrillo del Tío Fresco (Antonio), quien atendía sentado en su silla de anea a quienes transitaban entre bancales y acequias. Aquella atmósfera humilde, hecha de pasos sobre tablones inestables, olor a barricas y vida de carril, conformaba el telón de fondo más íntimo de la comunidad.
La tierra, el Conde de Roche y una hipoteca en 1935
Bajo esa aparente calma rural, la estructura de la propiedad agraria guardaba profundas raíces históricas, causa de tensiones económicas. Las tierras que labraban los Gómez Castaño formaban parte de un vasto entramado de minifundios y parcelas cuyas 10 parcelas originales procedían de la desamortización eclesiástica de 1834, adquiridas en su día por el Conde de Roche (Fulgencio Fuster). Aquel proceso de desamortización había permitido a figuras de la burguesía y de la nueva élite terrateniente consolidar su ascenso social aprovechando el acceso a información privilegiada y las facilidades de pago en papel de Deuda. Muchas de esas parcelas, en aparcería o arrendadas, no daban más fruto que la pobreza a sus humildes inquilinos.
Con la llegada de la Segunda República, el panorama de la propiedad comenzó a transformarse. La tierra para quien la trabaja, se decía. Pero había muchas formas de conseguirlo. Y en algunas zonas de la huerta murciana, el cambio de manos se produjo de un modo ordenado.
El 13 de marzo de 1935 se formalizaba ante escritura pública el préstamo hipotecario por el cual mi bisabuelo Luis Gómez Botía adquirió un trozo de tierra en el término municipal de Murcia, en la partida de Guadalupe —con riego directo de la acequia de Alfatego y derecho de paso por la senda de Granada—, un terreno de cuatro tahullas, tres ochavas y dos hazas que incluía una pequeña casa habitación. Esta operación realizada a través del Banco Hipotecario de España, reflejaba el anhelo familiar de asegurar la propiedad de la tierra frente al viejo régimen de aparcería. El solo anuncio de la misma generó profundos debates internos entre el pragmatismo de los mayores que desconfiaban de las promesas de los políticos y las reticencias ideológicas de los más jóvenes, anhelantes de un reparto justo y equitativo entre quienes trabajaban la tierra con sus propias manos.
El faro de la modernización: La Estación Pecuaria Regional (La Granja)
A pocos pasos de este tejido de huertas se estaba poniendo en marcha el gran motor de transformación del municipio: la Estación Pecuaria Regional de Murcia, establecida en la finca de La Molineta (conocida popularmente como La Granja). Tras años de proyectos previos, el Ministerio de Agricultura impulsó en noviembre de 1931 la creación de este centro sobre la antigua villa de recreo construida en 1889 por el banquero Eleuterio Peñafiel. Inaugurada oficialmente en mayo de 1934 con la asistencia de las principales autoridades, la Granja se convirtió en un referente de la ganadería nacional y en un punto neurálgico de actividad técnica y social.
El día a día de este recinto estaba animado por un factor humano muy querido en el pueblo. Al frente de la administración se encontraba José García Montañez, un malagueño llegado en 1933 que se ganó el respeto y el cariño de los vecinos. Aunque el apelativo con el que cariñosamente le bautizaron los huertanos, "el tío Montañez", le sorprendió e incomodó al principio por desconocer las costumbres locales, pronto comprendió que era una muestra genuina de afecto. Junto a él, figuras como el herrero Juan José Molina Martínez (el "Capataz"), mañoso creador de ingenios rústicos junto a las balsas de agua, o los pastores y trabajadores eventuales, integraban una comunidad donde se mezclaban las labores agrícolas, la época de la trilla bajo el característico polvillo de los granos y la crianza de ganado selecto: la mejor cabra murciana posible.
La revolución en la huerta: La Escuela de Aviación en el Monasterio de los Jerónimos
Con el intento de Golpe de Estado y el posterior inicio de la Guerra en España en 1936, la vida tradicional de Guadalupe experimentó una sacudida monumental y casi surrealista que alteró para siempre el paisaje cotidiano. A finales de agosto de ese año, el ayuntamiento procedió a la incautación del imponente Monasterio de los Jerónimos —conocido popularmente como el Escorial murciano— para reconvertirlo en un enclave militar estratégico de la retaguardia republicana.
Entre sus muros centenarios y las tierras anexas se instaló la Escuela de Capacitación Teórica, el centro encargado de la selección inicial y la formación teórica de los jóvenes voluntarios que aspiraban a convertirse en pilotos de la Fuerza Aérea Republicana (FARE) antes de ser derivados a las bases de vuelo elemental y de combate. Ver aquel solemne edificio monástico transformado en un cuartel de aviación supuso una auténtica revolución para los huertanos. El apacible entorno de acequias, bancales y caminos de tierra vio de repente cómo se multiplicaba el trasiego de instructores, mandos militares y jóvenes reclutas llegados de todos los rincones, integrando el rugido lejano de los motores en el latido diario de una huerta que pasaba, de la noche a la mañana, a compasarse con las urgencias de la guerra moderna.
El final de la guerra, el ayuntamiento y la sombra de la Causa General
El frágil equilibrio de convivencia, trabajo agrícola y profundas transformaciones se quebró bruscamente con el conflicto bélico. A finales de marzo de 1939, la provincia de Murcia quedó ocupada por las tropas franquistas. Con el fin de la guerra, las instituciones locales, incluido el Ayuntamiento de Guadalupe, sufrieron una profunda purga y reestructuración orientada a la implantación del Nuevo Estado.
La vida municipal y la de sus habitantes quedaron bajo la implacable lupa de la Causa General instruida en la provincia por los tribunales y fiscales delegados. En los legajos de aquel macrosumario —que recopiló minuciosamente denuncias sobre incautaciones, la ocupación de edificios religiosos como el monasterio, la persecución ideológica y las responsabilidades de los tres años precedentes— quedaron atrapados los nombres de muchos vecinos, empleados públicos y labradores de la huerta. Para muchas familias como los Gómez Castaño, los caminos flanqueados por limoneros y la acequia de Alfatego pasaron de ser el escenario de la subsistencia cotidiana a convertirse en testigos silenciosos de un tiempo de represión, silencio y pérdida, donde el esfuerzo por alzar la tierra propia se vio ensombrecido por la dureza de la posguerra.












Imágenes: Monasterio de los Jerónimos en Guadalupe, oficinas de la Estación Pecuaria de Guadalupe, José García Montañez, especial sobre Estación Pecuaria, imagen de La Granja cortesía de Carolina García Gómez, y Fulgencio Fuster - Conde de Roche.

