Burdeos ocupada: los españoles de la TODT, la base submarina y la resistencia
Crónica de una ciudad en la que el hormigón y el miedo no vencieron a la dignidad humana de quienes se atrevieron a resistir
HISTORIA40 HOMBRES - 8 CABALLOS
Ginés García Gómez
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Cuando el viejo vapor Cuba zarpó del Garona en junio de 1940, Burdeos era todavía una ciudad suspendida entre dos mundos. En los muelles se mezclaban los últimos restos del éxodo —familias francesas que huían del norte, judíos alemanes, funcionarios del Estado, refugiados españoles que llevaban años en la Gironda— con la sensación de que el tiempo se había roto. La ciudad, desbordada por un millón de personas en pocas semanas, vivía en un caos que parecía no tener fin. El Cuba fue uno de los últimos barcos que logró escapar antes de que la Wehrmacht entrara en la ciudad. A partir de ese momento, Burdeos dejó de ser un puerto de salida para convertirse en un engranaje del esfuerzo militar nazi.
La ocupación transformó la ciudad con una rapidez brutal. Los alemanes necesitaban mano de obra barata, y las encontraron en los miles de españoles que Francia había convertido en “trabajadores extranjeros sin derechos” y la Organización Todt aprovechó para transformarlos en “trabajadores esclavos”. Los nazis desplegaron su maquinaria para hacer de Burdeos uno de los centros más importantes del Muro del Atlántico. En la Caserne Niel vivían hacinados unos 2.600 españoles; en el Camp Guymer, otros cientos compartían barracones con franceses, belgas y holandeses. Las jornadas eran de catorce horas, los salarios miserables, las raciones descontadas del sueldo. En la Base Submarina de Bacalan, una fortaleza de hormigón que aún hoy parece desafiar al tiempo, los trabajos “sous cloche” —bajo bóvedas sin aire— dejaban a los obreros exhaustos, cubiertos de polvo y silencio.
En ese mundo de vigilancia y explotación surgió una figura que encarna las contradicciones de la época: Otto Werner. Los informes franceses lo describen como organizador eficaz, intérprete y hombre de confianza de la Todt. Pero los españoles lo conocían de otra manera. Había vivido en España, había combatido en el bando republicano, había compartido trincheras y discursos. Tras el armisticio, se ofreció a los alemanes y se convirtió en un engranaje útil de la represión: organizaba cuadrillas, imponía disciplina, aplicaba su propia justicia, censuraba cartas, delataba, impedía fugas... Un panfleto clandestino, Muerte a los traidores, lo retrata sin piedad: un oportunista que cambiaba de bando según soplara el viento, un hombre capaz de ordenar a la gendarmería francesa que disparara contra quienes intentaban escapar. Otto era un colaborador activo, un intermediario entre la Todt y los españoles, un recordatorio de que la ocupación también se libraba dentro de las propias nacionalidades.
Mientras Otto ascendía en la estructura de la Todt, otros españoles tejían en silencio una red de resistencia que convertiría a Burdeos en uno de los centros neurálgicos de la lucha clandestina antinazi. A comienzos de 1941, un grupo de excombatientes republicanos —jóvenes, curtidos, recién salidos de los campos— comenzó a organizarse con disciplina militar. Luis Alberto Quesada, apenas veinte años, antiguo capitán del ejército republicano, fue uno de los primeros en dar forma a esa estructura. Junto a Lagos (Colina) y Orejón, estableció contactos con patriotas franceses, coordinó grupos armados y participó en acciones que lo pusieron en el punto de mira de la Gestapo. Quesada aportó algo que los franceses necesitaban desesperadamente: experiencia de Estado Mayor, capacidad de organización, sangre fría.
A su alrededor se agruparon otros cuadros militares. Julián Cosme, nombrado jefe militar del Suroeste, aportó visión estratégica. José Goytía, antiguo comandante de aviación, actuó como enlace con el Estado Mayor de los FTPF, los Francs-Tireurs et Partisans Français. Bernardo Álvarez, “Cubichi”, brigadista internacional, dirigió operaciones de sabotaje: la desaparición del mercurio del hospital Robert‑Picqué, la colocación de explosivos en la Base Submarina, pequeñas acciones que, sumadas, erosionaban la maquinaria alemana.
Dentro de la Base Submarina, uno de los lugares más vigilados de la región, actuaban varios grupos de resistentes españoles. Su misión era observar, escuchar, memorizar. El joven electricista Ángel Villar, fluido en francés y capaz de entender el alemán, ocupaba puestos clave que le permitían ver lo que otros no podían: horarios, movimientos, materiales, puntos vulnerables. A su lado trabajaba Biernes, catalán, uno de los jefes de la resistencia en la Base. Fue detenido y deportado a un campo de exterminio. Nunca regresó. También estaba Casas, identificado en las fotografías del taller, que murió en un bombardeo inglés sobre las instalaciones. Estos hombres, organizados en equipos de tres —todos antiguos oficiales o suboficiales republicanos—, formaban el núcleo técnico de la inteligencia cotidiana.
La resistencia no era nada sin la red de mujeres que sostuvo la logística, el enlace y el refugio. Pili, “La Piluca”, oficial republicana, fue una de las jefas de grupo más audaces. Desde las cocinas de la Caserne Luze organizó la evasión de prisioneros soviéticos e incluso de un aviador estadounidense. Transportó propaganda, mantuvo la cohesión entre unidades dispersas y cruzó la frontera clandestinamente en 1943, cuando fue detenida y murió por los malos tratos en prisión. Pilar Claver, actuó junto a Goytía en Angoulême, asegurando comunicaciones y escondites. Rita Pérez, llegada a Burdeos en 1915, convirtió su casa de la rue Fonfrède en un punto de encuentro para españoles, franceses y exiliados de otras nacionalidades. Fue detenida en 1942 y deportada a Ravensbrück, donde sobrevivió a experimentos médicos. Su marido y sus hijos también fueron represaliados. Uno de ellos murió en Oranienburg. Pía Casas, “La Ganuza”, nacida en Palencia y refugiada desde niña, transformó su ático de la rue Sainte‑Catherine en un refugio seguro: escondió resistentes, transportó documentos ocultos en hierba para conejos y cumplió misiones de altísimo riesgo, como entregar un paquete en la Base Submarina bajo amenaza de ejecución inmediata.
Para el otoño de 1941, Burdeos era ya una ciudad distinta a la que había visto partir al Cuba hacía poco más de un año que se había hecho largo como un decenio. La resistencia española estaba activa, organizada y conectada con los FTPF antes de que muchos franceses comprendieran la necesidad de actuar. Los sabotajes se multiplicaban. La Todt reforzaba la vigilancia. La policía francesa elaboraba listas de “indésirables espagnols”. Y los alemanes, conscientes de que los españoles eran un foco de agitación, reprimían con dureza.
El 21 de octubre de 1941, un oficial alemán fue abatido en Burdeos. El asesinato se produjo un día después de otro atentado de Nantes. Los alemanes reaccionaron con un cartel que empapeló la ciudad: cincuenta rehenes fusilados como represalia; otros cincuenta si no se encontraba al culpable antes del 26 de octubre; quince millones de francos de recompensa. Oficialmente, los alemanes culparon a “mercenarios de Inglaterra y Moscú”. Pero en los informes internos, la sospecha recaía sobre los españoles. Y no sin motivo. Para entonces, los grupos de Quesada, Cubichi y Cosme ya estaban operativos. Había españoles armados en la región. Había sabotajes en la Base Submarina. Había enlaces con los FTPF. La policía francesa no iba desencaminada.
Ochenta años después, la memoria de aquellos años se reconstruye en Burdeos gracias a asociaciones como Ay Carmela, que preservan los nombres y las historias de los deportados, los trabajadores forzados y los resistentes. La exposición Rotspanier, comisariada por el historiador Peter Gaida —prologuista de 40 hombres – 8 caballos—, ha devuelto a Europa la historia de los “españoles rojos” utilizados como mano de obra esclava por el Reich. La Base Submarina, convertida en centro cultural, es un espacio donde el hormigón aún parece guardar el eco de los pasos de Villar, de Biernes, de Casas.
Burdeos fue muchas cosas entre 1940 y 1944: puerto del exilio, centro de trabajo forzado, espacio de vigilancia, refugio de resistentes, escenario de traiciones. Pero, sobre todo, fue una ciudad donde miles de españoles —jóvenes y mayores, hombres y mujeres, soldados y civiles— lucharon por no desaparecer. Sus nombres, recuperados hoy en documentos, exposiciones y novelas, forman un mapa de la resistencia que solo puede entenderse como una suma de trayectorias individuales tejidas en silencio bajo la ocupación. Por fin, vuelven a hablar.





























